| La prensa de EEUU soporta una grave
ofensiva de jueces conservadores |
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Jim Taricani, el periodista norteamericano
que está preso por no revelar sus fuentes
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Poco y nada han publicado los diarios argentinos sobre la actual
situación de la prensa estadounidense. El periodista Jim Taricani,
del canal de televisión WJAR de Providence, Rhode Island, afiliado
a la cadena NBC, cumple actualmente arresto por seis meses por no
revelar sus fuentes. Otros dos profesionales, Matthew Cooper (Time)
y Judith Miller (The New York Times) – por otros casos – aguardan
la decisión de otros jueces que podrían disponer sendos arrestos
tambien por no difundir sus contactos confidenciales ante los tribunales.
La posición del Comité de Reporteros por la Libertad de Prensa (RCFP)
La opinión de otros columnistas del país norteamericano.
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El periodista Jim Taricani
en una foto tomada por el fotógrafo Richard McCaffrey. Se
encuentra preso en su domicilio y no podrá leer esta nota
ya que tiene prohibido por el juez acceder a Internet. A su derecha,
Judith Miller en una imagen televisiva en donde se la ve en la redacción
de The New York Times.
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Un periodista estadounidense está cumpliendo una condena a seis
meses de arresto domiciliario por no revelar ante un juez sus fuentes
confidenciales de información y otros dos reporteros podrían también
ser encarcelados si una corte de apelación no revé el fallo de primera
instancia. La lista se completa, hasta el momento, con otros 13
periodistas a quienes no les reconocieron o reconocen su privilegio
de mantener fuentes confidenciales, por lo que algunos podrían afrontar
sanciones en el futuro. Se trata, según The New York Times, del
conflicto más grave entre el gobierno y la prensa en una generación.
La actitud de los jueces reavivó el debate sobre el grado de protección
con que cuenta el secreto profesional, que la mayoría de los periodistas
consideran como uno de sus más sagrados privilegios. Privados de
tal derecho, opinan, su capacidad de informar a la sociedad se vería
peligrosamente restringida y la cláusula del free speech y freedom
of the press, consagrada por la Primera Enmienda de la Constitución
de los Estados Unidos, prácticamente borrada por el codo de los
jueces que ignoran lo escrito por íconos de las libertades democráticas
como Jefferson, Madison y Hamilton.
Asimismo, muchos periodistas estadounidenses y las organizaciones
profesionales que los nuclean tienen la certeza de que los jueces
responsables de tales condenas son funcionales a una estrategia
de la administración republicana de George W. Bush que apunta a
“amordazar” a la prensa y a los funcionarios que podrían pasar información
a los medios. Los magistrados que así actuaron, afirman, son de
tendencia marcadamente conservadora y fueron convertidos en jueces
por iniciativa del ex presidente Ronald Reagan durante su doble
mandato (1980-1988).
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| Quién, cuándo y por qué |
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El periodista que ya está cumpliendo un arresto domiciliario de
seis meses es Jim Taricani, del canal de televisión WJAR de Providence,
Rhode Island, afiliado a la cadena NBC. Taricani obtuvo, y el canal
emitió en febrero de 2001, un video en el que se veía a un funcionario
de la alcaldía de Providence, Frank Corrente, recibir una “coima”
de manos de un agente encubierto del FBI. El FBI había realizado
una investigación sobre corrupción en el gobierno local, que también
involucraba al alcalde Vincent Buddy Cianci Jr. (tanto Corrente
como Cianci fueron finalmente condenados).
El juez Ernest C. Torres había determinado que el video era una
pieza de evidencia en el juicio contra los funcionarios que no debía
ser hecha pública. Cuando apareció en TV, un fiscal especial citó
a Taricani y le pidió que revelara su fuente de información. Tras
la negativa del periodista el juez Torres le impuso una multa de
mil dólares diarios hasta tanto revelara cómo obtuvo la filmación.
Casi tres meses y 85.000 dólares más tarde (pagados por la NBC)
el juez decidió que la sanción económica no había logrado su objetivo
e intimó a Taricani: tenía dos semanas de plazo para declarar o
ser condenado por desacato a la corte (contempt of court), lo que
finalmente sucedió el 18 de noviembre de 2004.
La condena era a seis meses en una prisión federal, pero el juez
aceptó cambiarla por el arresto domiciliario debido a que Taricani
tiene su corazón transplantado y se encuentra bajo estricta medicación
para su sistema inmunológico. El periodista sólo podrá salir de
su casa para visitar a un médico y tiene prohibido trabajar, conceder
entrevistas y conectarse a Internet. Sólo podrá recibir visitas
de 14 a 16 y de 18 a 20. Al menos Taricani no tiene prohibido dedicarse
a sus hobbies: tocar la guitarra, la batería y cocinar. El periodista
no apeló la condena, indicó un vocero de la cadena, porque “Jim
quiere dejar todo esto atrás, continuar con su vida y volver a trabajar”.
Al dictar la sentencia, el juez Torres calificó como “un mito” el
argumento de que muchas fuentes de información potenciales se negarían
a hablar si no obtenían una garantía confiable de confidencialidad.
El Comité de Reporteros por la Libertad de Prensa (RCFP, Reporters
Committee for Freedom of the Press), compiló una lista de casos
judiciales en los que los jueces exigen a periodistas que revelen
sus fuentes de información. El RCFP, que nuclea a periodistas de
los medios más importantes de los Estados Unidos (entre ellos varias
“celebridades” como el legendario Ben Bradlee de The Washington
Post, quien fue uno de sus fundadores) fue creado en 1970, “en un
momento en que los medios periodísticos de la nación se enfrentaban
a una ola de citaciones del gobierno exigiendo a los reporteros
identificar a sus fuentes,” informa el comité en su página web.
La nómina de casos compilados por el RCFP incluye:
• La investigación del affaire Valerie Plame
El 6 de julio de 2003 un ex funcionario de carrera del Departamento
de Estado, Joseph C. Wilson IV, quien fue encargado de negocios
de los Estados Unidos en Bagdad y también embajador, publicó una
columna de opinión en The New York Times donde refutaba la línea
argumental de la administración Bush sobre la capacidad nuclear
iraquí, especialmente en relación con supuestas compras de uranio
a Níger.
Ocho días después, el periodista ultra-conservador Robert Novak,
cuya columna se publica en unos 300 diarios estadounidenses, identificó
a la esposa del ex diplomático Wilson, Valerie Plame, como miembro
de la CIA especializada en armas de destrucción masiva y citó a
“dos altos funcionarios de la administración” Bush como sus fuentes.
Tras la difusión de esta columna, que terminó con la carrera de
Plame, varios periodistas abordaron el tema y mencionaron haber
recibido informes similares de fuentes gubernamentales confidenciales.
Muchos concluyeron, escribió el pasado 10 de octubre el propietario
del Times Arthur Ochs Sulzberger Jr. , que se trataba de “un intento
de castigar a Wilson por opinar en contra del gobierno exponiendo
a su esposa como agente de la CIA”.
La ley estadounidense, tal como ocurre en prácticamente todos los
países, tipifica como delito revelar la identidad de un agente secreto
en determinadas circunstancias. Un fiscal especial citó a cinco
periodistas para que revelaran sus fuentes de información acerca
de las actividades de Plame: Walter Pincus, Glenn Kessler (ambos
de The Washington Post), Tim Russert (NBC), Matthew Cooper (Time)
y Judith Miller (The New York Times). Eventualmente los tres primeros
prestaron declaración luego de que sus fuentes los relevaran de
la promesa de confidencialidad, pero los casos de Cooper y Miller
resultaron más complicados.
El juez de distrito Thomas Hogan rechazó de plano la noción de que
un periodista puede invocar un privilegio para mantener una fuente
en reserva y los encontró culpables de desacato a la corte. Su destino
(en cuanto a si van o no a prisión) ahora depende de la decisión
de una cámara de apelaciones de tres miembros, quienes escucharon
los argumentos de la fiscalía y la defensa el 8 de diciembre de
2004 y a fines de enero de este año aún no se habían pronunciado
sobre el recurso presentado por los periodistas. Ambos declararon
estar listos para ir a la cárcel antes que revelar la identidad
de sus fuentes. “Estamos preparados para hacer lo que sea necesario
para protegerlas”, dijo Cooper.
El caso de Miller establece un criterio para muchos alarmante. El
propietario del Times, Sulzberger, mencionó en su columna que en
la citación original se le requería “proveer información acerca
de conversaciones que ella podría haber tenido con un funcionario
del gobierno en las que la identidad y conexión con la CIA de la
esposa de Wilson podrían haber sido mencionadas”. De hecho, Miller
jamás escribió y el Times jamás publicó una palabra sobre el tema,
pero de acuerdo con el juez Hogan ella había contemplado escribir
tal artículo y había realizado entrevistas con ese fin. Es por esto
que, ante la negativa de revelar sus fuentes, Miller podría pasar
hasta un año y medio en prisión.
Novak, responsable de hacer pública la identidad y actividad en
la CIA de Plame, mencionando como sus fuentes a dos funcionarios,
al parecer ni siquiera fue citado a declarar, aunque su papel en
esta historia permanece poco claro.
La condena a prisión que pende sobre Miller, como consecuencia de
un artículo crítico de la política de Bush hacia Irak y sus argumentos
para ir a la guerra plantea una ironía. La periodista había sido
cuestionada por “promover la agenda presidencial” respecto de Saddam
Hussein a través de sus notas en el Times, en las que difundía y
daba crédito a la información oficial sobre la existencia de armas
de destrucción masiva que luego jamás fueron encontradas.
Al parecer, su única fuente fue Ahmed Chalabi, un exiliado iraquí,
“cabeza” del Congreso Nacional Iraquí y con fuertes vínculos con
el Pentágono, cuya información fue puesta en duda incluso por la
CIA. Mucho se escribió sobre sus artículos en medios como The Washington
Post y las revistas New York, The New York Review of Books y The
Nation. Incluso el Times tuvo eventualmente que volver sobre sus
pasos cuando se hizo evidente que las armas de destrucción masiva
parecían haberse esfumado.
La estrecha relación de Miller con el Pentágono no es reciente.
En 1986 escribió numerosos artículos sobre Libia, que luego se revelaron
como parte de una campaña de “desinformación” acerca de ese país
coordinada por el almirante John Poindexter (pieza clave en el escándalo
Irán-Contras). Bob Woodward escribió una extensa nota de investigación
sobre el tema en The Washington Post e incluyó el tema en su libro
Veil: The Secret Wars of the CIA.
• Lee versus el gobierno de los Estados Unidos
En el año 2000 el doctor Wen Ho Lee, un físico nuclear del Laboratorio
Nacional de Los Álamos, Nuevo México (donde se desarrolló la primera
bomba atómica), demandó a los departamentos de Energía y Justicia
por revelar información privada sobre su persona sin su consentimiento.
Lee se convirtió en noticia al quedar involucrado en una causa penal,
luego desechada, por espionaje.
El científico, para probar sus acusaciones contra el gobierno, pidió
que se exigiera a los periodistas que escribieron sobre el caso
de espionaje y mencionaron su nombre que identificaran a las fuentes
gubernamentales que les dieron la información. El juez de distrito
Thomas Penfield Jackson citó a James Risen, Jeff Gerth (ambos de
The New York Times), Bob Drogin (Los Angeles Times), Pierre Thomas
(en aquél momento de CNN y actualmente con ABC News), Josef Hebert
(AP) y Walter Pincus (The Washington Post).
Jackson los encontró culpables de desacato a la corte por no revelar
sus fuentes y los sancionó con una multa de 500 dólares diarios,
pendiente del resultado de la apelación, que podría conocerse en
los primeros meses de este año.
• Hatfill versus Ashcroft
Steven J. Hatfill demandó al ex ministro de Justicia John Ashcroft
y otros funcionarios de la administración Bush sobre bases similares
a las del doctor Lee. En el año 2001, durante la investigación de
los casos de ántrax que siguieron al atentado contra las Twin Towers
en Nueva York, Hatfill fue mencionado en relación con esos episodios,
que provocaron cinco muertes por ántrax y 17 contagios.
Hatfill querelló a Ashcroft porque aunque nunca fue formalmente
acusado de crimen alguno la mención de su nombre provocó, dice la
demanda, que perdiera su trabajo como contratista del gobierno y
que le resultara imposible encontrar otro empleo.
El Departamento de Justicia alegó que responder los pedidos de información
de Hatfill pondría en peligro la investigación sobre los orígenes
de los casos de ántrax, por lo que el juez Reggie B. Walton propuso
en enero de 2004 citar a los medios que difundieron la posible vinculación
de Hatfill con los casos de ántrax para que revelaran sus fuentes.
En principio los abogados del demandante rechazaron la idea, pero
hacia fines del 2004 las citaciones comenzaron a ser enviadas.
El RCFP y la revista especializada en medios Editor & Publisher
estimaron a principios de enero que por lo menos 15 medios serán
llamados por el juez. Las citaciones ya habrían llegado a National
Public Radio, AP, The Washington Post, ABC News y 60 Minutes, de
la cadena CBS.
• Judith Miller otra vez
El fiscal especial Patrick Fitzgerald, el mismo que quiere enviar
a prisión a Judith Miller en el caso de Valerie Plame, pidió a la
compañía telefónica de The New York Times que le entregue el listado
de todas las llamadas realizadas por Miller y su colega Philip Shenon,
del mismo diario. El origen de la demanda es la investigación de
un gran jurado sobre la “filtración” que puso sobre aviso a la Global
Relief Foundation sobre un inminente allanamiento de sus oficinas
por agentes del FBI en diciembre de 2001.
La fundación, una organización islámica de beneficencia, estaba
bajo sospecha de financiar el terrorismo. Sus autoridades dijeron
que el día anterior a la incursión de los agentes recibieron llamados
de periodistas pidiéndoles su opinión sobre el tema. El Times planteó
una acción judicial para bloquear el pedido del fiscal y Sulzberger
remarcó que “si el gobierno tiene éxito en obtener el listado de
los llamados telefónicos de Miller y Shenon, muchas de sus fuentes,
incluso aquellas que nada tienen que ver con esta investigación,
quedarán expuestas”.
• El juicio contra Lynne Stuart
Lynne Stuart actuó como abogada del Sheik Omar Abdel Rahman, el
clérigo fundamentalista islámico ciego a quien se consideró, entre
otras cosas, responsable intelectual del primer atentado con coche
bomba a las Twin Towers. Fue acusada de colaborar con el terrorismo
por difundir en el año 2000 una declaración de su cliente a pesar
de una orden de la corte que le prohibió hacerlo.
Cuatro periodistas fueron citados para declarar en su juicio: Esmat
Salaheddin (Reuters), Patricia Hurtado (Newsday), Joseph Freíd (The
New York Times) y George Packer, un freelance que estaba trabajando
con el Times. Salaheddin declaró el 13 de septiembre de 2004 y los
fiscales desistieron de tomar testimonio a Hurtado luego de que
la periodista argumentara que esa acción interferiría con su cobertura
del juicio como reportera.
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| “Una herramienta disciplinaria” |
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Uno de los casos que más preocupa a los periodistas estadounidenses
es el de Miller y Cooper, ya que revelaría más claramente una intencionalidad
política, pero la sucesión de episodios similares es vista como
una tendencia a la que no es ajena la administración de George W.
Bush.
Nicholas D. Kristof, un columnista de The New York Times, destacó
el 10 de noviembre que si se considera el conjunto de casos “estamos
ante un asalto tan amplio a la libertad de prensa que nos produciría
un shock en caso de ocurrir en Kazajstán”. Aunque la responsabilidad
primaria, agregó, es de los jueces más que de la administración
Bush, “probablemente no es por coincidencia que presenciamos esta
ofensiva contra la libertad de prensa durante un gobierno que tiene
un brezhneviano placer por el secreto”.
Peter Y. Sussman, miembro del comité de ética de la Society of Professional
Journalists (SPJ), una de más respetadas entidades profesionales
de los Estados Unidos, fundada en 1909, señaló a Diario sobre Diarios
que “en base a mi experiencia esta es la administración americana
más autoritaria y adicta al secreto que he conocido y las citaciones
de periodistas parecen ser una de sus herramientas para mantener
la disciplina de los burócratas y funcionarios designados (no electivos)
de menor nivel. El secreto y el autoritarismo van de la mano y la
administración considera a gran parte de la prensa como su enemigo.
Esto es parte de su concepción ideológica”.
La posición de los periodistas no se ve favorecida por la ausencia
de una explícita protección legal respecto del secreto profesional,
explicó Sussman. “Para nosotros, la libertad garantizada en la Primera
Enmienda implica la libertad de recoger información sobre acciones
del gobierno, especialmente de fuentes gubernamentales confidenciales,
sin tener que responder a citaciones judiciales por ello. Pero esta
interpretación no figura explícitamente en ninguna ley federal y
mucho menos en la Constitución, por lo que estamos a la merced del
creciente conservadurismo de nuestros jueces y la forma en la que
ellos entienden el significado del concepto de la libertad de prensa,”
agregó el directivo de la SPJ.
Esos jueces conservadores, advirtió Sussman, se encuentran por otra
parte bajo una creciente presión gubernamental. En este contexto,
prácticamente todos los medios más prestigiosos de los Estados Unidos
comenzaron a reclamar la sanción de una ley que garantice la confidencialidad
de las fuentes.
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| Un “paraguas” para periodistas |
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Sulzberger, el propietario del Times, planteó ese reclamo en su
columna de opinión. “Para dotar de significado a las garantías de
la Primera Enmienda y, de tal forma, fortalecer nuestra democracia,
ya es tiempo de que el Congreso siga el camino de los estados y
apruebe una ley paraguas federal para protección de los periodistas.
Sin ella, reporteros como Judy Miller pueden ser encarcelados. Más
importante aún, el público estará en tinieblas acerca de las acciones
de los funcionarios del gobierno. No es esto lo que los Padres Fundadores
de nuestra nación tenían en mente”.
The Miami Herald dijo en un editorial del 26 de octubre que “en
el clima actual una ley paraguas es más necesaria que nunca” y calificó
a la actuación del fiscal especial Fitzgerald como “un abuso del
poder gubernamental”. El Congreso debe actuar para proteger a los
periodistas de citaciones judiciales porque “seguramente los fundadores
de esta nación no buscaban que la Primera Enmienda permaneciera
como un ideal abstracto, no protegido por legislación que permitiera
a los periodistas cumplir su función”, agregó el Herald.
El problema no es nuevo. Uno de los antecedentes recientes más notorios
es el de Earl Caldwell de The New York Times, quien escribió a principios
de los años 70 un artículo sobre los Panteras Negras y fue citado
por un juez para que entregara todo el material que había usado
para preparar la nota y revelara sus contactos con la organización.
Aunque Caldwell no fue a prisión a causa de su negativa, su caso
llevó a la creación del RCFP y llegó a la Corte Suprema, que lo
trató junto con los de Paul Pappas (un periodista de televisión
de New Bedford, Massachusetts, quien también había cubierto a los
Panteras Negras) y Paul Branzburg del Lousville Courier-Journal,
quien había entrevistado a algunos traficantes de marihuana.
Esa fue la única ocasión en que la Corte abordó el tema de las fuentes
confidenciales de los periodistas, recordó Mark Bowden en un artículo
publicado en la edición Julio-Agosto 2004 del Columbia Journalism
Review.
El resultado no fue alentador para la prensa. En Branzburg vs. Hayes
la Corte falló en 1972 que los periodistas no gozan del privilegio
de negarse a declarar ante un gran jurado.
Los jueces, sin embargo, se mostraron muy divididos sobre el tema,
con algunos que reconocían que ese privilegio podía concederse no
en forma automática sino sobre la base de una consideración caso
por caso y otros que rechazaban totalmente la idea de forzar a los
periodistas a comparecer ante un jurado. El “campeón” de los liberales,
William O. Douglas, escribió en su opinión en disidencia que “la
prensa tiene una posición preferencial en nuestro esquema constitucional,
no para permitirle hacer dinero, no para establecer a los periodistas
como una clase favorecida, sino para hacer realidad el derecho del
público a saber”.
Douglas advirtió que si la opinión mayoritaria que él rechazaba
se convertía en el precedente a aplicar en el futuro, “entonces
la principal función de los periodistas en la sociedad americana
será transmitir al público las gacetillas de prensa elaboradas por
los distintos departamentos del gobierno”.
Bowden recordó en su nota que “el efecto inmediato del fallo fue
el inicio de la temporada de caza” de periodistas: en los siguientes
ocho meses, 35 fueron encarcelados por no revelar sus fuentes. Eso
llevó a que muchas legislaturas estatales aprobaran o fortalecieran
leyes ya existentes con garantías para la prensa. En 1972 sólo 17
estados contaban con ellas, mientras que en la actualidad 31 estados
más el Distrito de Columbia (la ciudad de Washington) cuentan con
leyes “paraguas”, aunque no son de aplicación en casos federales.
En un editorial publicado el 15 de noviembre, The Washington Post
recordó la opinión dividida de los jueces de la Corte en Branzburg
para reclamar una efectiva protección del secreto profesional. “Los
tribunales no obligan a los psicólogos a testificar sobre conversaciones
mantenidas con sus pacientes y también respetan el silencio como
consecuencia de la relación abogado-cliente o el secreto de confesión.
Los tribunales han decidido que en estas áreas la protección del
secreto profesional justifica la pérdida de alguna evidencia. El
papel que juegan los periodistas para permitir el debate democrático
también habilita esa protección”, aseguró el diario.
A fines de noviembre, el senador demócrata por Connecticut Christopher
Dodd presentó un proyecto de ley, que debería ser debatido este
año, que prohíbe a los tribunales federales forzar a los periodistas
a revelar sus fuentes. “Cuando el derecho del público a saber es
amenazado y cuando las libertades de expresión y de prensa están
en riesgo, todas las otras libertades que más apreciamos se encuentran
en peligro”, declaró Dodd al presentar su iniciativa.
En los primeros días de febrero, los representantes Mike Pence (Republicano
por Indiana) y Rick Bouchey (Demócrata por Virginia) también presentaron
un proyecto de ley para evitar que los periodistas se encuentren
frente a la opción de violar su ética profesional o violar su seguridad
personal, como consecuencia de “aterrizar” en una prisión federal
donde abundan personajes que ninguna persona querría encontrar en
un callejón a medianoche.
El proyecto de ley, Free Flow of Information Act (Ley de Libre Circulación
de la Información), plantea que un periodista sólo puede ser citado
en el caso de no existir otra fuente relevante para la causa y sólo
si los datos que podría aportar el reportero fueran “cruciales”
para resolver el tema. Esto contempla no sólo el “privilegio” de
la prensa sino que se ajusta a la ética profesional. Un ejemplo:
si un periodista interpone su derecho al secreto de la fuente sabiendo
que su silencio condena a prisión a un inocente no debería ser elogiado
por sus colegas ni por el público en general.
Sin embargo, el senador Dodd considera que lograr la aprobación
del Congreso no será una tarea sencilla: en tiempos de “guerra contra
el terror” muchos legisladores están dispuestos a reforzar antes
que limitar el poder de los tribunales, advirtió Dodd, y la pérdida
de imagen de los medios en la opinión pública tampoco ayuda a obtener
apoyos para proyectos de inmunidad para la prensa.
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| Novak en la mira |
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En medio del debate los periodistas tomaron nota del hecho de que
Robert Novak, quien expuso a Plame como agente de la CIA, parecía
fuera del alcance de las citaciones judiciales. Nadie sabe con certeza
si el fiscal que quiere encarcelar a Miller y Cooper se puso en
contacto con Novak, quien por su parte no expresó la menor solidaridad
con sus colegas amenazados con penas de prisión a causa de la información
que él hizo pública. Lo que sí dijo (comentarios que The New York
Times recogió en un artículo publicado el 31 de diciembre pasado)
no ayudó a elevar su popularidad.
“No sé por qué [Miller y Cooper] están molestos conmigo. Ellos deberían
preocuparse por ellos mismos, yo me preocupo por mí”, señaló. Asimismo,
Novak comentó que su decisión de exponer a Plame como agente encubierta
no se trató de una filtración planificada, que la CIA no le advirtió
que la mención podría poner en peligro a alguien y que la identidad
de Plame no era un gran secreto.
El misterio sobre el papel jugado por Novak y su situación frente
a la justicia que con tanto empeño fue tras otros periodistas ya
generó pedidos de explicaciones. “El se ha convertido en parte de
la historia y debería hacer público que es lo que está pasando.
Todas las otras personas involucradas lo han hecho”, dijo la directora
ejecutiva del RCFP, Lucy Dalglish. La nota del Times también cita
a Geneva Overholser, ex ombudsman de The Washington Post y ahora
profesora en la escuela de periodismo de la Universidad de Missouri:
“Novak es periodista. Si cree en el deber de informar y decir la
verdad ya es tiempo para que comience a hacerlo”, enfatizó.
El ultra-conservador Novak es un personaje polémico. Ya se ha visto
envuelto desde la década del 70 en varios casos de “filtraciones”
de información clasificada. Está muy vinculado a la derecha del
Partido Republicano. El crítico de medios de The Washington Post,
Howard Kurtz, menciona en su libro Media Circus. What´s wrong with
America Newspapers, que Novak ofreció a principios de los 80 una
conferencia sobre el plan de Reagan de rebajas de impuestos ante
un auditorio de la Asociación de Gobernadores Republicanos, por
la cual recibió como pago, según admitió luego, “una suma más que
interesante”. Escribió profusamente sobre esa reunión y sus conclusiones,
aunque olvidó mencionar que él había sido el orador.
En 1977 Novak se ocupó de la Argentina en su columna, que firmaba
en esa época junto a Rowland Evans (quien murió en 1993). En el
artículo se burlaba de Patricia Derian, la secretaria de Derechos
Humanos del presidente Jimmy Carter, por sus denuncias sobre violaciones
a los derechos humanos en la Argentina. “Además de su falta de diplomacia
existen dudas sobre la veracidad” de las denuncias, escribió. El
ex corresponsal especial en Buenos Aires de Newsweek y The Washington
Post, Martín Edwin Anderssen, cita esa columna en su libro Dossier
Secreto. Argentina’s Desaparecidos and the Myth of the “Dirty War”.
Novak negaba la existencia de cuando menos 5.000 desaparecidos.
“Las oficinas del gobierno de los Estados Unidos, que cuentan con
una experiencia mucho más vasta que la de Derian, aseguran que esas
cantidades no pueden verificarse y que parecen exageradas”, escribió.
Los militares, agregó, actuaron para evitar que “los comunistas
tomaran el poder” y las muertes respondían al accionar de “grupos
paramilitares de derecha que no están bajo el control del gobierno
y no deben ser consideradas como ejecuciones por parte del gobierno”.
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| Todo tiempo pasado no fue mejor |
| Mientras se aguarda el desenlace del caso de Miller
y Cooper (así como de los restantes en “lista de espera”) algunos
columnistas proponen “soluciones” con ironía más amarga que fina.
Kristof, por ejemplo, recordó en su nota del Times que no hace mucho
el gobierno chino había arrestado a Zhao Yan, un colaborador de la
corresponsalía en Beijing, y que la administración de Bush había resultado
de gran ayuda para protestar por ese abuso. “Quizás podamos llegar
a un acuerdo: el gobierno chino deja de arrestar periodistas si el
gobierno de los Estados Unidos hace lo mismo”. Kristof, sin embargo,
reconoció que la protección de las fuentes confidenciales ha sido
un tema polémico por siglos y admitió que algunos progresos se han
hecho. Basta un ejemplo: en Inglaterra en 1663 John Twyn fue arrestado
por imprimir un libro que ofendió al rey. El editor se negó a revelar
el nombre del autor y, en consecuencia, fue castrado y destripado
en público y tanto sus brazos como sus piernas fueron amputados. Cada
una de las partes de su cuerpo fue expuesta en alguna puerta o puente
de Londres. |
| DsD 8 - 2 - 2005 |
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