Claudia Acuña Haber dicho todo lo necesario en el momento preciso me permite hoy despedir a Julio Nudler como nos lo merecemos.
Repito, entonces, todo lo que dije en el momento de conocerse su denuncia. Mis palabras en una entrevista que me realizó un grupo de docentes de la Carrera de Comunicación de la UBA fueron las siguientes:
“No quisiera suavizar el lenguaje para hablar de estos temas. Tenemos que agradecerle a Julio Nudler que nos haya impulsado a este debate, que no hubiera existido si no hubiese usado una palabra sin anestesia: censura. Para estar a la altura de las circunstancias que él creó, debemos intentar ser claros, crudos y sinceros. Esto significa: si su denuncia tuvo credibilidad es por razones diferentes. La relación de Página con el gobierno no se funda en la seducción ideológica, sino en el dinero. No los une el amor, sino la pauta. Esta es una percepción, es cierto, pero no podemos contar en este caso con una razón más contundente, ya que el diario no puede informar públicamente quién en su propietario. Otra razón de peso es la trayectoria profesional del denunciante. Lo interesante de este episodio es las conclusiones que puede dejarnos. En primer lugar, que un medio de comunicación se venda (a un gobierno, pero también a un propietario anónimo) tiene un costo. Y es alto. Luego, que la trayectoria de un periodista vale mucho. Alcanza para que una voz, una solitaria voz, diga basta. Y levante tras de sí una saludable ola de adhesión suficiente como para la censura pierda su poder y efecto, porque estos se nutren del silencio”.
“Un eje claro para discutir la libertad de prensa en la Argentina es el dinero. El manejo de la pauta publicitaria oficial debe ser transparente. La propiedad de los medios también. Esta es una tarea de control que debe tomar la sociedad y uno de los que debe dar explicaciones sobre por qué no asume esta responsabilidad es la Universidad pública. Tiene la obligación y la capacidad de llevar adelante esta tarea. Formar periodistas hoy es enseñarles a dirigir el destino de sus esfuerzos. Y nadie puede enseñar lo que no hace. La Universidad debe priorizar sus objetivos y jerarquizarlos de acuerdo a las necesidades sociales, que deben ser para ella prioritarias. En los últimos años, en cambio, se ha concentrado en formar mano de obra apta para un mercado en el cual ya no hay trabajo. Es prioritario, entonces, que se concentre en impulsar un tipo de periodismo que no se adapte dócilmente al mercado, sencillamente porque ya no hay mercado y porque la mano de obra obediente es la más prescindible y renovable, además de barata. En tiempos en que sobran los Tiffembergs hay que formar Julios Nudler.
Jorge Asís No he sido amigo de Julio, pero siempre tuve una relación muy cordial. Recuerdo que se divertía mucho con mi personaje de Oberdán Rocamora. Era un tipo íntegro y un gran profesional. Las diferencias políticas que tuvimos en los últimos años, nunca repercutieron en nuestra relación. Fue el mejor periodista económico. Cuando yo escribía sobre economía, el me hacía sentir con todo rigor que yo no sabía nada del tema. Tengo de él un recuerdo muy cálido y fraterno. El último episodio que tuvo que enfrentar con Página/12 dio pautas claras de su entereza moral. Tenía una integridad tal, que se destacó en mi novela “El diario de Argentina”, escrita hace más de 20 años. Recuerdo que un día, Clarín había titulado una nota “Crece la natalidad infantil”. Y había pasado desapercibido por todo el mundo. Hasta que lo descubrió Julio, recortó la página y la pegó en su oficina. El periodista que había escrito esa nota consideraba que así como había “mortalidad infantil” también había “natalidad infantil”. Nudler lo tomó como un ejemplo de un error garrafal del diario. Después nos divertíamos porque lo apodamos a ese periodista “natalidad infantil”.
Roberto Bardini (desde México) Leo y releo, uno tras otro, cada testimonio sobre Julio Nudler. La lectura me emociona, lo cual para mí es sorprendente por partida doble. En primer lugar, por eso mismo: porque los relatos de quienes lo conocieron logran emocionarme. Es decir, consiguen traspasar esa coraza de escepticismo que a uno se le va formando en este oficio con los años, como un callo que crece alrededor del alma. Eso es bueno.
En segundo lugar, porque siento emoción por alguien a quien no conocí personalmente pero que ya figura entre los que recordaré con respeto y hasta con afecto. Y eso también es muy bueno.
Cuando se produjo el repugnante episodio con los mayordomos de Página 12, Nudler era para mí alguien sin rostro ni pasado. Era un nombre y un apellido debajo de un título o cabeza, nada más. Casi un número o una cifra de varios dígitos.
Yo ignoraba que Nudler era tan respetado por tantos colegas, en una profesión en la que no se respeta excesivamente a los colegas. No sabía que cultivaba un perfil bajo, que parecía parco e introvertido, que en cierta forma era un solitario. Desconocía que le gustaba el tango, que era culto, irónico y ocurrente. Todo esto me llegó de golpe ahora, a 10 mil kilómetros de distancia, y aumentó la dimensión de su figura delgada con un melancólico rostro de Quijote que cabalga sobre su computadora. Al mismo tiempo, todo esto también disminuyó de forma inversamente proporcional las siluetas de sus verdugos, yuppies tardíos, izquierda-caviar, “domine canes” que ladran y muerden – a diferencia de la obra de Lope de Vega – en defensa del amo hortelano.
De Nudler sabía, eso sí, que era el único periodista al que leía – y la verdad es que no lo leía siempre – porque lograba hacerme entendible y, a veces, hasta amena la lectura de temas de economía, que para mi hoy son tan abominables como antes lo eran las matemáticas, la química y la física.
Ignoro si este lobo estepario de las estadísticas y los indicadores económicos, sonreirá con indiferencia al leer estas líneas trasnochadas y desprolijas. No las escribí para él, que no las necesita porque ya está en el Walhalla de los hombres serios, dignos y sin estridencia. Escribo estas líneas para su hijo Darío, que sí necesita – según su propio y hermoso testimonio – encontrar recuerdos y descripciones que le permitan retener a Julio un poco más.
Gustavo Bazzán
Nunca trabajé con él. Ni una sola vez hablamos. No nos conocíamos. Nunca nos cruzamos en ninguna cobertura, un almuerzo, o una conferencia de prensa. Una vez, hará diez años, lo vi en el Subte A y no me animé siquiera a saludarlo. Pero de cada una de los artículos que escribí, antes de cerrarlos, siempre me preguntaba a mi mismo: ¿Qué opinará Nudler de esta nota?
Daniel Casas
Julio era un tipo de perfìl bajo, de esos que nunca se destacan en una redacción por hacer el chiste que hace reír a todos, aunque tenía una muy buena charla. Era un excelente profesional que sabía muchísimo de su materia, la economía, pero también de los otros temas que hacen a la actualidad, lo que le daba una lectura global de los temas. Para no hablar del tango, que era su gran pasión y en la que era una autoridad entre los que saben.
Nudler volcaba todo ese bagaje en escritos en los que se destacaba el buen uso del lenguaje y la mirada aguda sobre las cosas. Era un periodista riguroso, y también inflexible mientras no le demostraran que su análisis era errado.
Esas dos condiciones lo llevaron a protagonizar un duro enfrentamiento con las autoridades del diario Página/12, cuya redacción compartimos años ha. Esa disputa derivó en su alejamiento del diario y dejó un aroma ingrato flotando en el aire.
Edgardo Cozarinsky
Julio Nudler es el autor de uno de los libros más importantes y menos reconocidos de las últimas décadas: TANGO JUDÍO. No sólo por la investigación que lo sustenta sino por el gesto cultural que implica.
Mi ejemplar está leído varias veces, marcado y anotado a menudo.
Cuando escribí mi novela EL RUFIÁN MOLDAVO le pedí permiso a Nudler para citarlo y me lo dio inmediatamente con insólita generosidad. Creo que sólo una vez nos vimos, aunque estuvimos en corrrespondencia por mail a menudo; hoy lo extraño como a un amigo.
Raúl Dellatore
Julio Nudler fue un amigo. Y en la profesión fue como un padre para mi. Un ejemplo desde lo periodístico y desde lo ético como no reconozco en ningún otro. Me causó mucho dolor la situación que tuvo que afrontar en Página, en donde mostró su dignidad y desnudó la falta de dignidad de otros. Siempre tenía la capacidad de mirar más allá en todas sus notas. Julio se anticipaba a los hechos. Tanto, que un año y medio antes de diciembre de 2001, anticipó la debacle. Era muy preciso y escribía con una calidad y una rigurosidad difícil de encontrar hoy.
Ruben Furman
Trabajé con Julio en La Razón y en Página12, lo que todos vamos a recordar de él era el rigor que siempre tuvo a la hora de trabajar. Primero porque fue uno de los primeros economistas volcado al periodismo y segundo porque su rigor era obsesivo, chequeaba hasta el cansancio, muy meticuloso. Julio era culto. En serio. Es cierto que nunca fue cordial ni amable, pero te mataba con lo serio y riguroso que era con el trabajo aún la gente que no lo quiso, no podría dejar de reconocer su rigor profesional. El mundo es mejor cuando este tipo de gente es el que lo hace.
Jorge Grecco
Trabajé con Nudler en Atlántida y en La Razón. Lo recuerdo como un tipo duro. Daba gusto leerlo y compartir una redacción con él. A veces parecía parco e introvertido, pero cuando se abría un poco, era una maravilla hablar con él. Era un tipo del que brotaba sabiduría. Sin dudas fue lo mejor que pasó por el periodismo en las últimas décadas. Recuerdo que en “Trespuntos” escribía sobre tango con la misma rigurosidad que cuando escribía de economía. Es una gran pérdida.
Jorge Lanata
Nunca tuve una relación personal con Julio Nudler, aunque sí profesional. Era un periodista muy sólido. Era sin dudas, el mejor periodista de economía. Me pareció lamentable cómo termino censurado en Página/12 y encontrar en ese diario el día de su muerte un breve recuadrito en donde no se hizo mención al tema,. me dio por las pelotas. Julio era cabrón, malhumorado, con un carácter muy difícil, pero a la vez, un periodista muy sólido y culto.
Alejandro J. Lomuto
Querido Julio:
Vamos a extrañarte mucho. Todos. Los que estamos seguros de que vamos a echarte de menos y también aquellos que no lo saben. Tus amigos, qué duda cabe. Los periodistas -los que te conocimos y los que no-, porque la ausencia de tu modelo profesional va a ser una evidente y dolorosa presencia cotidiana en las redacciones. Y la sociedad, que perdió con tu partida una de las pocas luces que quedaban en medio de tanta bruma.
Voy a extrañarte mucho. Recordaré tus notas sobre economía y sobre tango, pero también aquellas sobre política internacional, que escribiste durante varios años en Clarín y Tiempo Argentino.
Voy a recordar, ya no sólo con bronca sino también con desconsuelo, cuántas veces estuvimos a punto de trabajar juntos y, por alguna u otra maldita razón, no pudimos: el fallido La República, en 1984; La Razón, en 1985; Tiempo Argentino, en 1986, y Somos, en 1988.
Voy a recordar con alegría y orgullo el inesperado regalo que me hiciste el año pasado, cuando me convocaste para que te secundara en la elaboración de los fascículos y los discos de La Marcha. Guardaré como un tesoro la abultadísima correspondencia electrónica que intercambiamos en aquellas madrugadas de feliz insomnio, en las que hablamos de todo, como si, además de querer compartir hasta la última vivencia de un trabajo que nos apasionó, hubiéramos pretendido recuperar de un saque tantos años de desencuentro laboral.
Voy a recordar con nostalgia nuestras largas charlas sobre tango. Tu erudición acerca del tango “de antes”, sobre el que de vez en cuando podía meter algún bocadillo, y tu apertura mental al tango “de ahora”, que siempre admiré, seguramente porque no la tengo. Y, claro, nuestras recurrentes discusiones jamás resueltas sobre si Libertad Lamarque cantaba mejor que Nelly Omar, como sostenías, o si era al revés, como siempre me pareció.
Y voy a recordar con gratitud y obligación tu obsesiva rigurosidad con todo y para todo: con las notas, con los títulos, con el lenguaje, con las conversaciones, con el tango, con las costumbres... En fin, con la vida.
Un fuerte abrazo.
Pablo Llonto
Para Julio
Una vez más nos ha golpeado duro el 2005. El invencible cáncer se ha llevado a Julio Nudler; para unos cuantos lectores modernos, el periodista que el año pasado denunció la censura en Página 12 y, con su plantón frente a los complacientes, generó la ruptura y luego autodisolución de una entidad como “Periodistas”, defensora de la libertad de expresión.
Quizás la Negra Ana Ale, a quien también el cáncer apuñaló el 21 de febrero pasado, hubiese querido escribir esto. Al menos era parte de lo que hablábamos en sus últimas semanas cuando, al enterarse de las batallas de Julio contra censuras y miserias dijo de su coraje: "¿cómo mierda hace Julio para aguantar quimioterapia, escribir en el diario y encima pelearse contra todos estos soretes?"
Pero Nudler fue cien veces más aquel episodio digno en Página 12. Ya han escrito – y dicho – sobre su enorme capacidad profesional, sus excelentes columnas sobre los vaivenes de la Economía, su rigor al redactar y al corregir, su humor ácido y cabrón y su amor por el tango y la investigación (nadie debería perderse sus fascículos y discos sobre la historia de La Marcha Peronista).
Cuando recuerdo los tiempos en que compartíamos la redacción de Clarín, vuelvo a envenenarme sólo de saber que, en el artículo – seguramente censurado - que le dedicó el matutino de la Noble el último viernes 30 de julio al hablar de su muerte, sólo se dice que “fue corresponsal de Clarín en España”.
Era 1982. Julio tenía 41 años. No era "el corresponsal en España" sino que había regresado para desempeñarse como jefe en la redacción de la calle Tacuarí. Veinte años menor, yo lo escuchaba hablar en aquella asamblea en la que, por primera vez en la dictadura, los periodistas de Clarín se reunían desafiantes para tratar de defender a cinco compañeros despedidos por organizar una comisión interna.
Edgar Mainhard
Recuerdo cuando en las reuniones en Clarín allá a fines de 1982, Nudler decidió participar de un conflicto cuando era quien mejor régimen laboral tenía entre todos los que debatíamos si convenía o no la medida de fuerza, y terminó despedido, porque precisamente carecía de la especulación de otros. Pero un buen profesional no tenía problemas en encontrar nuevo trabajo, y pronto tuvo varias ofertas. Al menos antes era así, ahora es más complejo porque el sistema ha logrado estabilizar sus ingresos ofreciendo mediocridad.
Si algo de prestigio tuvo la sección economía de Página/12, todo eso se lo deben a Julio.
Ernesto Martinchuk
Hondo pesar me ha causado el fallecimiento de Julio Nudler.
El oficio de periodista es uno de los que demandan una actitud de servicio y un compromiso permanente para con la comunidad, por eso, quienes desempeñan tal profesión son los intermediarios fundamentales entre los gobernantes y la ciudadanía.
Son los periodistas, además, quienes trasmiten los diversos aspectos de la realidad que son de interés público. Son los intermediarios, los decodificadores. los que hacen pensar, meditar y reflexionar sobre las distintas variables que día a día nos ofrece este simple, pero muchas veces complicado, desafío de entender como se debe vivir. Semejante responsabilidad, también necesita de un verdadero compromiso, y de un profundo respeto por parte de los poderes de turno.
"Felices tiempos aquellos en que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente", rezaba en 1810 el primer número de "La Gazeta de Buenos Ayres", semanario dirigido por Mariano Moreno
Maximiliano Montenegro
Julio fue un gran compañero y un gran periodista. Un maestro. Decano del periodismo económico. Un auténtico periodista de gráfica que hacía un culto a su profesión. A veces se ponía a investigar un tema a las 9 de la noche, con un empuje que es difícil de ver en la profesión. Me parece también que fue un ejemplo de ética dentro del periodismo. Hay periodistas que ven en la profesión una herramienta para hacer militancia política, para intentar llegar a algún cargo, para intentar cambiar la realidad. Julio no era de esos y se enfrentó a todos ellos en los últimos días de su vida. El era un periodista a secas. Con lo bueno y lo malo que eso tiene. El sólo quería contar historias, que nadie contaba.
Silvia Naishtat
Yo comencé en el periodismo con Julio Nudler como jefe en La Razón en 1984. Y fue lo mejor que me pudo pasar. Fue un maestro. Su manera de contar las cosas, su tremenda honestidad intelectual, fue lo que más me llegó de él. Siempre fue un tipo políticamente incorrecto. Era absolutamente irreverente, pero tenía con que hacerlo. Era culto, sabía tanto de economía, como de tango. De hecho el hizo conocido al grupo tanguero “El arranque” que hoy están en la cresta de la ola. Fue lo máximo dentro del periodismo económico. Era un humanista profundo y una personalidad difícil de encontrar en esta profesión.
Norma Nethe
Era mi querido amigo y mi maestro. Era el mejor periodista argentino, no sólo de economía. Rigor, humor, exactitud, humildad, búsqueda de fuentes, en todos esos campos era el mejor lejos. Tenía un carácter fuerte. Y decía las verdades sin medias tintas. Te podía tirar una nota por la cabeza pero siempre te daba las razones. Era un perseguidor y castigador de los lugares comunes en los que suelen caer los periodistas. Recuerdo que una vez un redactor escribió que una persona era “el puente de plata” entre una institución y otra. Julio se puso loco, porque el periodista había escrito algo sin saber de qué se trataba y explicó que esa expresión pertenecía a Napoleón Bonaparte y la frase exacta era “al enemigo que huye, puente de plata”. Es decir, no se usa en el sentido que le había dado el periodista. La gran última alegría que tuvo Julio fue la presentación de su brillante trabajo sobre La Marcha Peronista. En la presentación hubo una multitud y ahí estaban todos los que eran como él: personas sencillas, honestas, con la cabeza abierta a las ideas y profundamente rupturistas. Cuando digo rupturistas me refiero a que Julio nunca fue políticamente correcto.
María Oliva
Julio fue un gran periodista. Tenía un conocimiento y una formación que para todos los que alguna vez trabajamos con el, era un orgullo estar en la misma redacción. Tenía una cultura impresionante, no sólo sobre economía. Fue sin dudas un modelo para todos.
Julio Ramos
El deceso de un periodista serio y bueno que no es poco
La muerte ayer de Julio Nudler significa la lamentable desaparición de una buena persona, un correcto periodista de pluma con presencia y que actuó siempre con objetividad. No es poco para el parpadeo en la historia de la prensa que significa una vida. Será citado su deceso en varios medios y solo eso lo eleva del conjunto. Lo venció el cáncer. Ese cáncer que le hizo decir alevosamente a Horacio Verbitsky que le impedía pensar cuando Nudler protestó porque en “Página/12”, donde trabajaba, no le publicaron una nota contra el actual Gobierno. El cáncer lo tenía en los pulmones y en su insomnio por esa fatalidad, pero no en el cerebro. Esa nota iba contra el legítimo derecho, a nuestro entender, del editor a publicar o no, o sea que estaba equivocado. Pero Nudler era así, frontal, sincero - equivocado o no – y no le interesaba la religión del medio donde trabajaba. Lo sabemos bien en Ambito Financiero en cuya redacción trabajó varios años. Julio Nudler se fue con otro mérito. A raíz de la controversia por la publicación de esa nota se disolvió uno de los tantos engendros multiuso que crea el hoy poderoso asesor presidencial Verbitsky para sus ambiciones personales, la entidad “periodistas”, covacha donde convergían inexplicablemente ideologizados extremos y librepensadores de prensa.
Irene Roust
Querido Julio Nudler:
Aunque sé que la muerte es un desvío, me hubiera gustado que te quedes en el susurro del barrio junto al árbol de las moras para hacernos viejos juntos. Si te apuraste, el sol nos dará en la cara como una promesa de eternidad a los dos, donde sea que estés, serás la luz de tu corazón intacto con tu palabra luminosa. Dicen que uno muere, cuando se mueren los que nos aman; en lo que a mi respecta, espero en mi último dìa llevarte en andas de mi amor, con la voz en alto y el corazón radiante.
Hasta la próxima vez, amigo.
Ernesto Tenembaum
Recuerdo a Nudler como un gran periodista, muy serio, muy riguroso y como todo buen periodista, muy malhumorado. Era sumamente culto, escribía muy bien y despreciaba cualquier tipo de autobombo de sus notas o de sus opiniones. Para todos los periodistas era inevitable leer sus notas. El rigor y la pasión que le ponía al trabajo lo hacían único, distinto. Un periodista de la vieja raza. Un verdadero ejemplo.
Alberto Valdez
Julio fue un grande. Nunca se calló nada en ningún gobierno. Tenía un profesionalismo difícil de encontrar hoy en el periodismo. Fue coherente con sus ideas hasta el último momento de su vida. Era espectacular leerlo tanto cuando escribía de economía como cuando escribía de música. Era además un porteño de ley, que nunca rompió códigos como dijeron algunos, sino que los mantuvo a lo largo de su trayectoria. Nunca se calló y cuando dijo las cosas que dijo, no fueron porque tenía una enfermedad terminal, sino porque realmente creía en sus ideas y porque su información estaba lo suficientemente chequeada. Algunos tuvieron la caradurez de decir que no fue censura. Son los mismos que creen que el periodismo y la política son caras de la misma moneda.
Sylvina Walger
Julio fue quizá uno de los periodistas más completos que hemos conocido en la Argentina. Pero además fue un hombre íntegro, valiente y un compañero solidario.
Ojalá descanse en paz.
Marcelo Zlotogwiazda
Tuve una relación muy tormentosa con Julio Nudler. Yo pedí que lo incorporaran a Página/12, pero una vez que entró la convivencia fue muy difícil. Básicamente porque Nudler era un tipo difícil. Y yo hablo desde ahí. Y digo: se fue un gran periodista con mayúsculas.
Dentro del periodismo económico era uno de los poquísimos que yo respeto. Formadísimo, muy culto, apasionado por el laburo, tenía un entusiasmo que no se ve ni siquiera en los pibes que recién empiezan. Tenía una rigurosidad y una meticulosidad que lindaban con la obsesión. Sabía de economía y de todo. Fue para Página/12 una firma de lujo, por eso es una mierda que la relación con el diario terminara como terminó. Era uno de los últimos periodistas de las viejas redacciones, de la era de las máquinas de escribir. Sin dudas, era palabras mayores.
Pablo Zunino
La primera gratitud para con Julio es como lector: neófito total en los códigos de la economía, las suyas eran las únicas del género que me abrían a la comprensión del asunto. Nudler fue gran divulgador, una de las facetas de su trabajo entre las muchas que habría para rescatar.
De la gratitud de lector nace la gratitud de colega. Como periodista hice muchos años divulgación científica, sobre todo de psicología y psicoanálisis, y aun tratándose de materias tan diferentes, a la hora de sacar del atolladero a una nota difìcil la pista podía darla preguntarse cómo lo habría escrito Julio, de un modo accesible y, a la vez, sin ceder -por lo menos demasiado- en el rigor. En esa época compartíamos la redacción de Tiempo Argentino.
El otro asunto que amerita gratitud eterna es más personal. En su precioso libro "El tango judío", Julio traza perfiles de los personajes protagonistas de esa gesta. Uno de ellos es el de mi padre, el badoneonista, compositor y arreglador Ismael Spitalnik, cuya historia terminó de "cerrarme" sólo cuando leí esas maravillas líneas, que me permitieron asomarse a zonas hasta ahí ocultas o desconocidas para mí. Dicho de otro modo: terminé de conocer a mi padre gracias a Julio. De un modo igualmente familiar, deseo que esto que hoy recuerdo le ayude a Darío a seguir conociendo, aunque sea un poco más, al suyo.
DsD 29 - 7 - 2005
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